
Hiroshima y el nacimiento de la era nuclear
Un hombre sobrevivió a menos de 200 metros del centro de la explosión. Episodio 46: de un experimento en Berlín en 1938 a las 8:15 del 6 de agosto de 1945. La carrera secreta, la decisión de Truman, la suerte de Kokura y el mundo que empezó ese día.
A las 8:15 del 6 de agosto de 1945, Eizo Nomura buscaba unos papeles en el sótano de su oficina, a menos de doscientos metros del punto sobre el que estalló la bomba. Todos los que estaban arriba murieron. Él salió caminando.
Nomura vivió cuarenta años más. Fue la persona que estuvo más cerca del centro de la explosión y sobrevivió para contarlo, y lo que lo salvó no fue ninguna previsión: fue una pared de hormigón y la casualidad de estar bajo tierra durante tres segundos. Su historia funciona como una miniatura del episodio entero. En Hiroshima, la diferencia entre morir y no morir se midió en metros, en segundos y en decisiones tomadas por gente que no sabía lo que estaba decidiendo.
Esta es la historia de cómo un resultado de laboratorio que nadie entendía, obtenido en Berlín en diciembre de 1938, terminó siete años después en dos ciudades arrasadas y en un mundo que cambió de reglas. Es una historia de física, pero sobre todo es una historia de ingeniería industrial, de guerra total y de decisiones humanas tomadas con información incompleta y bajo una presión enorme.
Un resultado que nadie entendía
Otto Hahn llevaba años bombardeando uranio con neutrones en su laboratorio de Berlín. El uranio es el elemento natural más pesado disponible en cantidades útiles. Los neutrones son partículas sin carga eléctrica, lo que las vuelve ideales para meterse en el núcleo de un átomo sin ser repelidas. La expectativa de todos los equipos que hacían ese experimento —en Berlín, en Roma, en París— era obtener elementos apenas más pesados que el uranio.
En diciembre de 1938, Hahn y su asistente Fritz Strassmann encontraron otra cosa. Encontraron bario. El bario pesa aproximadamente la mitad que el uranio. Era el equivalente químico de arrojar una piedra contra una roca y encontrar media roca en el piso.
Hahn no confió en sus propios resultados. Le escribió a Lise Meitner, que había trabajado con él durante treinta años en ese mismo instituto y que desde hacía pocos meses vivía exiliada en Suecia, expulsada de Alemania por el régimen nazi. Meitner recibió la carta durante las fiestas de fin de año. Salió a caminar por la nieve con su sobrino Otto Frisch y resolvió el problema sentada sobre un tronco, con un papel apoyado en la rodilla.
La explicación era que el núcleo se había partido en dos. Y al partirse liberaba una cantidad de energía desproporcionada para su tamaño, porque los fragmentos resultantes pesaban en conjunto un poco menos que el original. Esa masa faltante se convertía en energía según la equivalencia que Einstein había formulado treinta años antes.
> El descubrimiento central del siglo XX no ocurrió frente a una pizarra: ocurrió en una caminata por la nieve, resuelto por una física a la que su país acababa de expulsar.
Frisch regresó a Copenhague y le contó todo a Niels Bohr, que estaba por embarcarse rumbo a Estados Unidos. Antes necesitaban un nombre para el fenómeno. Frisch le preguntó a un biólogo estadounidense que trabajaba en el mismo edificio cómo se llamaba el proceso por el cual una célula se divide en dos. La respuesta fue "fisión". Así fue como el proceso que definió la segunda mitad del siglo terminó con un nombre tomado prestado de la biología celular.
El Nobel por el descubrimiento se otorgó en 1944 y fue solo para Hahn. Meitner quedó afuera del premio y nunca hizo de eso una campaña pública.
La idea que se le ocurrió a Szilard cruzando la calle
Para entender por qué la noticia de la fisión provocó alarma inmediata en cierto grupo de físicos hay que retroceder cinco años.
En septiembre de 1933, un físico húngaro esperaba que cambiara un semáforo en una calle de Londres. Se llamaba Leo Szilard. Venía de leer en el diario la declaración de un premio Nobel que calificaba de fantasía la idea de extraer energía del átomo. Szilard cruzó la calle y, según contó después, se le ocurrió la idea completa en el trayecto.
Si existiera un elemento que al absorber un neutrón liberara dos, cada división podría provocar dos divisiones nuevas, y esas cuatro, y esas ocho. Una reacción en cadena. La energía dejaba de ser una curiosidad de laboratorio y pasaba a ser una cantidad industrial.
Szilard no llegó a esa idea desde la física pura. Había leído años antes una novela de H. G. Wells publicada en 1914 donde aparecían unas armas que el autor llamaba "bombas atómicas". Wells había inventado el término dos décadas antes de que nadie supiera si la cosa era posible, e incluso describía una guerra mundial librada con esas armas. Szilard nunca se sacó ese libro de la cabeza. En 1934 patentó la idea de la reacción en cadena y cedió la patente al almirantazgo británico, con el objetivo explícito de que quedara fuera del alcance público.
Cuando llegó la noticia de la fisión, Szilard entendió antes que casi nadie que el elemento hipotético de su idea existía de verdad. En el verano de 1939 viajó a Long Island a hablar con Albert Einstein. Einstein no había trabajado en física nuclear, pero era el científico más conocido del planeta y el único con capacidad de hacerse escuchar por un jefe de Estado. Firmó una carta dirigida a Franklin Roosevelt advirtiendo que Alemania podía estar desarrollando bombas de una potencia desconocida.
Roosevelt leyó la carta en octubre de 1939 y creó un comité que durante casi dos años avanzó muy poco. Lo que finalmente aceleró todo no fue la carta de Einstein sino un informe británico de 1941 que calculaba, con números concretos, cuánto uranio hacía falta para una bomba y cuánto tiempo llevaría producirlo. Las cifras eran mucho más manejables de lo que se suponía. El informe llegó a Washington poco antes del ataque japonés a Pearl Harbor.
La fábrica secreta más grande de la historia
En 1942 el programa pasó a manos del ejército y recibió un nombre deliberadamente anodino: Distrito de Ingeniería Manhattan. Al frente quedó Leslie Groves, ingeniero militar que acababa de terminar la construcción del Pentágono. Groves era brusco, desconfiado y obsesivo con los cronogramas, y no tenía el menor interés en ser querido.
Para dirigir el laboratorio de diseño eligió a Robert Oppenheimer. La elección sorprendió a todos. Oppenheimer no tenía premio Nobel, jamás había dirigido una organización grande y mantenía vínculos personales con militantes comunistas que lo volvían inaceptable para el contraespionaje. Groves insistió igual. Su argumento era que Oppenheimer era el único capaz de sostener en la cabeza todas las partes del problema al mismo tiempo.
El primer hito llegó el 2 de diciembre de 1942 en Chicago. Debajo de las tribunas de una cancha de squash de la universidad, Enrico Fermi puso en marcha el primer reactor nuclear de la historia: una pila de ladrillos de grafito con uranio intercalado, controlada con barras de cadmio que se retiraban a mano. Funcionó veintiocho minutos. El aviso a Washington se dio por teléfono en clave: el navegante italiano había llegado al nuevo mundo.
> El problema nunca fue teórico. Para 1942 la física estaba resuelta. Lo que faltaba era una industria entera que todavía no existía.
Lo que siguió es la parte menos contada y la más impresionante. Fabricar una bomba no era un desafío conceptual sino de materiales. El uranio natural es casi todo uranio 238, que no sirve para una reacción en cadena rápida. La parte aprovechable, el uranio 235, representa menos del uno por ciento. Separar un isótopo de otro cuando son químicamente idénticos exigía métodos que nunca se habían hecho a escala.
En Oak Ridge, Tennessee, se levantó una ciudad completa para eso. Uno de los edificios que construyeron allí fue, durante un tiempo, el más grande del mundo bajo un mismo techo. En Hanford, en el estado de Washington, se construyeron los reactores destinados a producir plutonio, un elemento que prácticamente no existe en la naturaleza. En Los Álamos, sobre una meseta de Nuevo México donde antes funcionaba una escuela de varones, se instaló el laboratorio de diseño.
El proyecto llegó a emplear a más de ciento treinta mil personas y costó alrededor de dos mil millones de dólares de la época. La inmensa mayoría de esos trabajadores no sabía qué estaba haciendo. Groves impuso una compartimentación estricta: cada persona conocía su tarea y nada más. Muchas operarias de Oak Ridge pasaban turnos enteros girando perillas para mantener una aguja en una posición determinada, sin la menor idea de qué medía esa aguja. Se enteraron de para qué había servido su trabajo por la radio, el mismo día que el resto del mundo.
Los Álamos no figuraba en ningún mapa. Los científicos entregaban sus documentos al llegar y pasaban a ser un número. Toda la correspondencia entraba y salía por una única dirección: la casilla 1663 de Santa Fe. Durante esos años nacieron chicos en el hospital del lugar, y en sus partidas de nacimiento el lugar de nacimiento consignado es esa casilla de correo.
El secreto, además, tenía agujeros. Klaus Fuchs, físico alemán que trabajaba en el equipo británico integrado a Los Álamos, entregó a la Unión Soviética información detallada sobre el diseño de plutonio. Se supo recién años después.
Trinity
El diseño de uranio era mecánicamente simple: disparar una pieza de metal contra otra dentro de un tubo para juntar de golpe la masa necesaria. Tan simple que se decidió no probarlo. El de plutonio era otra cosa. Requería que un cascarón de explosivos comprimiera una esfera metálica hacia adentro con una simetría casi perfecta y en millonésimas de segundo. Nadie estaba seguro de que funcionara.
La prueba se hizo el 16 de julio de 1945, en un sector del desierto de Nuevo México llamado Jornada del Muerto. Oppenheimer eligió el nombre en clave: Trinity, tomado de un poema de John Donne.
Los físicos organizaron una apuesta sobre la potencia. Las estimaciones iban desde prácticamente cero hasta cincuenta mil toneladas equivalentes de dinamita. Fermi abrió una apuesta paralela sobre si la explosión encendería la atmósfera del planeta y, en ese caso, si destruiría solo Nuevo México o el mundo entero. Lo hacía para descomprimir la tensión de la noche. Groves no le encontró la gracia y se lo hizo saber delante de todos.
A las 5:29 de la mañana el desierto se iluminó. La potencia equivalió a unas veinte mil toneladas de dinamita. La arena del cráter se fundió en un vidrio verdoso que después se bautizó trinitita. En un puesto de observación a diez kilómetros, varios de los presentes se dieron cuenta de que la onda sonora tardaba casi medio minuto en llegar.
Oppenheimer contó años más tarde que le vino a la cabeza un verso del Bhagavad Gita sobre la muerte convertida en destructora de mundos. El director de la prueba, Kenneth Bainbridge, fue mucho menos literario. Se dio vuelta y le dijo que a partir de ese momento todos eran unos miserables. Oppenheimer declaró después que ese fue el comentario más certero que escuchó ese día.
La decisión
Mientras el proyecto avanzaba, la guerra había cambiado por completo. Roosevelt murió el 12 de abril de 1945. Harry Truman asumió la presidencia sin saber que la bomba existía; se lo informaron doce días más tarde. Alemania se rindió el 8 de mayo, lo que eliminó la razón original del proyecto. Japón siguió peleando.
Para entender el marco de la decisión conviene mirar lo que acababa de suceder en Okinawa. La batalla se extendió de abril a junio de 1945 y dejó más de doce mil muertos estadounidenses y más de cien mil japoneses, además de una enorme mortandad civil en la isla. Fue la primera vez que los aliados combatieron sobre territorio considerado japonés, y la resistencia fue de una intensidad que sorprendió incluso a quienes venían de tres años de guerra en el Pacífico.
La invasión de las islas principales estaba planificada para noviembre. Las proyecciones de bajas variaban enormemente según el autor del cálculo, y sobre esas cifras se discute todavía hoy. Hay un dato material que da la dimensión de lo que se esperaba: el ejército estadounidense fabricó tantas medallas Corazón Púrpura anticipando esa invasión que ochenta años y varias guerras después se siguen entregando aquellas mismas medallas.
> Ochenta años después, un soldado estadounidense herido en combate todavía puede recibir una medalla fabricada para una invasión que nunca ocurrió.
El comité encargado de elegir objetivos se reunió en mayo. El primero de la lista era Kioto: tenía industria, tenía población concentrada y estaba prácticamente intacta, lo que permitiría medir el efecto del arma con precisión. El secretario de Guerra la eliminó de la lista y se mantuvo firme. Henry Stimson había estado dos veces en la ciudad y conocía su peso cultural; algunos relatos agregan que había pasado allí parte de su luna de miel. Groves intentó reponerla al menos tres veces. Stimson fue a ver a Truman en persona y ganó la discusión. Nagasaki entró en la lista como reemplazo.
Dentro del propio proyecto hubo oposición. En junio de 1945, un grupo de científicos de Chicago encabezado por James Franck firmó un informe que recomendaba una demostración del arma ante observadores internacionales antes de usarla sobre una ciudad. En julio, Szilard —el mismo que había impulsado la carta a Einstein seis años antes— hizo circular una petición en el mismo sentido, que firmaron alrededor de setenta científicos. El texto nunca llegó al escritorio de Truman. Un comité asesor había recomendado poco antes exactamente lo contrario: uso inmediato, sin advertencia previa, con el argumento de que una demostración podía fallar, podía ser desestimada como un truco o podía dar tiempo a trasladar prisioneros aliados al sitio elegido.
El 26 de julio los aliados publicaron la Declaración de Potsdam, que exigía la rendición incondicional y prometía "destrucción rápida y total" en caso contrario. El primer ministro japonés respondió en conferencia de prensa con una sola palabra: mokusatsu. El término es ambiguo incluso en japonés. Puede significar "lo ignoramos con desprecio" o "por ahora nos abstenemos de comentar". Las agencias internacionales tradujeron la versión dura. Cuánto pesó esa traducción en lo que vino después es un debate que sigue abierto.
6 de agosto
El uranio de la primera bomba llegó al Pacífico a bordo del crucero Indianápolis, que cruzó el océano a máxima velocidad con una carga que su propia tripulación no podía identificar. Entregó el material en Tinian el 26 de julio. Cuatro días después, un submarino japonés lo hundió en mar abierto. Cerca de novecientos hombres quedaron flotando durante casi cuatro días antes de que alguien notara la ausencia del barco; sobrevivieron poco más de trescientos. Ese episodio le dio a Steven Spielberg, tres décadas más tarde, el monólogo más recordado de Tiburón.
El bombardero despegó de Tinian a la 1:45 de la madrugada del 6 de agosto. Al mando iba el coronel Paul Tibbets, que la noche anterior había hecho pintar en el morro del avión el nombre de su madre: Enola Gay. La bomba se llamaba Little Boy y pesaba más de cuatro toneladas.
Hiroshima tenía unos trescientos cincuenta mil habitantes. Allí funcionaba el cuartel general del Segundo Ejército General y el puerto de Ujina, por donde salían las tropas hacia el continente. La ciudad casi no había sido bombardeada, lo que alimentaba rumores entre sus habitantes sobre por qué la dejaban intacta.
Esa mañana la alarma antiaérea sonó temprano por un avión meteorológico solitario. Poco después sonó el fin de alerta. La gente salió de los refugios, los chicos siguieron camino a la escuela y miles de personas volvieron a trabajar al aire libre, demoliendo casas de madera para abrir cortafuegos.
A las 8:15 la bomba cayó. El punto de mira era un puente con forma de T en el centro de la ciudad. El artefacto se desvió unos doscientos cuarenta metros y detonó casi encima de un hospital, a unos seiscientos metros de altura. Debajo del punto de la explosión la temperatura superficial superó los tres mil grados. Las tejas de cerámica se fundieron. En algunos escalones de piedra quedó marcada la sombra clara de una persona que había estado sentada allí y bloqueó el destello.
La onda expansiva destruyó los edificios en un radio de dos kilómetros. Después llegaron los incendios, que se unificaron en una única tormenta de fuego que consumió el centro. Murieron entre setenta y ochenta mil personas ese mismo día. Para fin de año la cifra había llegado a unas ciento cuarenta mil.
La segunda ola de muertes tuvo una causa que nadie en la ciudad conocía. Personas que habían salido ilesas comenzaron días después a perder el cabello, a sangrar por las encías y a morir sin heridas visibles. Los médicos que sobrevivieron no tenían nombre para eso. Uno de ellos, Michihiko Hachiya, era director de un hospital y estaba él mismo herido; llevó un diario clínico durante semanas que se convirtió en uno de los documentos médicos más importantes del episodio.
Horas después de la explosión cayó sobre la ciudad y sus alrededores una lluvia negra y espesa, cargada de hollín y de material radiactivo arrastrado por la columna de humo. Muchos sobrevivientes la bebieron porque se estaban muriendo de sed.
> Lo que el mundo tardó un año en comprender no fue la potencia de la bomba, sino que la bomba seguía matando después de explotar.
Fuera de Japón, la magnitud de lo ocurrido tardó en registrarse. Recién en agosto de 1946, la revista The New Yorker dedicó un número entero a un texto de John Hersey que seguía a seis sobrevivientes hora por hora. El número se agotó en horas y el texto se leyó por radio en varios países. Fue el momento en que la opinión pública occidental dejó de pensar la bomba como una cifra de potencia y empezó a pensarla como una experiencia humana concreta.
Kokura tuvo suerte
Tres días después despegó el segundo avión. El objetivo principal era Kokura, ciudad que albergaba uno de los mayores arsenales del país. Al llegar, la tripulación encontró el cielo cubierto: una ciudad vecina había sido bombardeada el día anterior y el humo tapaba el blanco. El avión hizo tres pasadas sin lograr identificación visual, con el combustible cada vez más justo, y finalmente viró hacia el objetivo secundario.
De ese episodio surgió una expresión que en japonés sigue en uso: cuando alguien se salva de una desgracia sin llegar a enterarse, se dice que tuvo "la suerte de Kokura".
El objetivo secundario era Nagasaki. También estaba nublado, pero se abrió un claro en el último momento. La bomba era Fat Man, el diseño de plutonio probado en Trinity. Explotó sobre el valle de Urakami, desplazada del centro urbano. Las colinas del entorno contuvieron parte de la onda expansiva y limitaron el área destruida. Murieron unas cuarenta mil personas de inmediato y alrededor de setenta mil para fin de año.
Entre las dos ciudades hubo un hombre que estuvo en ambas. Tsutomu Yamaguchi se encontraba en Hiroshima por un viaje de trabajo el 6 de agosto. Sufrió quemaduras graves en un costado del cuerpo y tomó un tren de regreso a su casa, que quedaba en Nagasaki. El 9 estaba en su oficina describiéndole a su jefe lo que había visto cuando entró el segundo destello por la ventana. Sobrevivió a las dos explosiones y murió en 2010, a los noventa y tres años. Es la única persona con reconocimiento oficial como sobreviviente de ambas.
El final de la guerra
El 8 de agosto la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y a la medianoche invadió Manchuria con más de un millón y medio de soldados. El gobierno japonés venía intentando en secreto que Moscú mediara una paz negociada. Esa vía se cerró de golpe y con ella la última esperanza de un final que no fuera la rendición.
Los historiadores todavía discuten el peso relativo de cada factor: las bombas, la entrada soviética, el bloqueo naval, la campaña de bombardeo incendiario que ya había destruido buena parte de las ciudades japonesas. La discusión no está saldada y probablemente no lo esté nunca, porque implica reconstruir el razonamiento interno de un gobierno que deliberaba en condiciones extremas.
El emperador Hirohito grabó un mensaje el 14 de agosto. Esa misma noche un grupo de oficiales intentó tomar el palacio y apoderarse del disco para impedir la transmisión. El intento fracasó. El 15 al mediodía el mensaje salió al aire. Fue la primera vez que la población japonesa escuchó la voz de su emperador, y estaba pronunciado en un japonés cortesano tan arcaico que muchos oyentes no comprendieron del todo lo que se les estaba comunicando. Hirohito no usó la palabra rendición. Habló de soportar lo insoportable. La firma formal ocurrió el 2 de septiembre a bordo de un acorazado en la bahía de Tokio.
Lo que quedó
A los sobrevivientes se los llamó hibakusha, término que significa "personas afectadas por la bomba". Cargaron con algo más que las secuelas físicas. Durante décadas muchos ocultaron su condición, porque enfrentaban rechazo laboral y matrimonial por el temor —en gran medida infundado— a enfermedades hereditarias.
Una de ellas fue Sadako Sasaki. Tenía dos años cuando cayó la bomba y desarrolló leucemia a los once. Siguiendo una tradición japonesa que promete un deseo a quien logre plegar mil grullas de papel, se dedicó a plegarlas durante su internación. Murió en 1955. Su monumento en Hiroshima todavía recibe grullas de papel enviadas desde todo el mundo.
En la ciudad se dijo durante un tiempo que allí no crecería nada durante setenta y cinco años. La predicción se desmintió rápido: a la primavera siguiente ya había brotes entre las ruinas. Cerca del centro hay ejemplares de ginkgo que estaban a poco más de un kilómetro del punto de la explosión y volvieron a echar hojas. Siguen en pie. Del edificio que quedó casi exactamente debajo sobrevivió el esqueleto de la cúpula, que se conservó deliberadamente sin reparar. Es lo único que permanece tal como quedó esa mañana.
La era que empezó ese día
El monopolio estadounidense duró cuatro años. La Unión Soviética probó su primera bomba en agosto de 1949, con un diseño que debía bastante a la información entregada por Fuchs. De ahí en adelante la carrera no se detuvo. Llegaron las bombas de hidrógeno, cientos de veces más potentes que las de 1945. Hacia mediados de los años ochenta había alrededor de setenta mil cabezas nucleares en el mundo. En octubre de 1962, la crisis de los misiles en Cuba puso a las dos potencias a horas de utilizarlas.
El miedo también se instaló en la cultura. En marzo de 1954, una prueba estadounidense en el atolón de Bikini contaminó a un pesquero japonés fuera de la zona de exclusión y provocó la muerte de un tripulante. El episodio conmocionó a Japón. Ese mismo año se estrenó Godzilla, cuyo monstruo original no era un entretenimiento infantil sino una criatura despertada y deformada por las pruebas nucleares, algo que la película enuncia sin rodeos. Keiji Nakazawa, sobreviviente de Hiroshima, narró su infancia en el manga Gen descalzo. En 1980 una banda inglesa tituló "Enola Gay" una canción bailable que mucha gente tarareó sin saber a qué se refería. Y en 2023 Christopher Nolan devolvió a Oppenheimer al centro de la conversación pública.
> Ninguna tecnología de la historia se usó dos veces y después se dejó guardada ochenta años. Esa excepción no es una ley física: es una acumulación de decisiones.
Hoy hay nueve países con armas nucleares y alrededor de doce mil cabezas en total. La cifra bajó muchísimo desde el pico de la Guerra Fría, aunque las armas actuales son más precisas y más potentes que las de 1945. El dato más notable, sin embargo, es negativo: desde el 9 de agosto de 1945 no se volvió a emplear un arma nuclear en una guerra.
Esa ausencia se suele leer como un equilibrio estable, y conviene leerla con cuidado. No hubo ningún mecanismo automático que lo garantizara. Hubo advertencias falsas interpretadas correctamente, órdenes ambiguas, crisis resueltas en horas y oficiales que decidieron esperar un minuto más antes de informar. La era nuclear empezó a las 8:15 del 6 de agosto de 1945 y nunca terminó; lo único que cambió es que dejamos de prestarle atención todos los días.
Hiroshima no clausuró solamente una guerra. Inauguró el primer período de la historia humana en el que una especie puede decidir su propio final en una tarde, y aprendió a convivir con eso hasta volverlo rutina. Esa rutina, y no la bomba, es la herencia más difícil de administrar.
Episodios relacionados

La dictadura argentina dejó terrorismo de Estado, censura, desapariciones y una herida abierta. Un recorrido por sus causas, su violencia y el regreso democrático de 1983.

El viaje de Colón de 1492 abrió un choque histórico entre mundos. Contamos el contexto, los protagonistas y las consecuencias que cambiaron para siempre la historia global.

Roma pasó de ciudad pequeña a imperio mediterráneo. Exploramos sus conquistas, instituciones, crisis y la maquinaria política que sostuvo siglos de poder.