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El Imperio Romano: cómo una ciudad gobernó el Mediterráneo
Episodio 43

El Imperio Romano: cómo una ciudad gobernó el Mediterráneo

Andres AguilarAndres Aguilar

Roma pasó de ciudad pequeña a imperio mediterráneo. Exploramos sus conquistas, instituciones, crisis y la maquinaria política que sostuvo siglos de poder.


En el año 218 antes de Cristo, un general cartaginés llamado Aníbal cruzó los Alpes con un ejército de decenas de miles de soldados y, según la tradición, con elefantes de guerra incluidos. Bajó a la península itálica dispuesto a destruir a Roma para siempre. Durante los años siguientes le infligió a los romanos algunas de las peores derrotas militares de toda su historia. En la batalla de Cannas, en el 216 antes de Cristo, aniquiló a un ejército romano completo en un solo día, con decenas de miles de soldados muertos antes del atardecer. Cualquier otra ciudad-estado de la Antigüedad se hubiera rendido después de un desastre semejante.

Roma no se rindió. Reclutó nuevos ejércitos, cambió de estrategia y, contra todo pronóstico, terminó derrotando a Aníbal y a Cartago casi veinte años después. Esa capacidad de absorber derrotas catastróficas y seguir peleando fue, quizás, el rasgo que mejor explica cómo una ciudad relativamente modesta del centro de Italia terminó gobernando todo el mundo mediterráneo, desde España hasta Siria, durante setecientos años.


De aldea de pastores a república

La tradición romana ubicaba la fundación de la ciudad en el año 753 antes de Cristo, atribuida a un personaje legendario llamado Rómulo. Según el mito, Rómulo y su hermano gemelo Remo habían sido criados por una loba después de ser abandonados de bebés junto al río Tíber. Los arqueólogos coinciden hoy en que la historia real fue mucho menos dramática. Roma surgió como un asentamiento modesto de pastores y agricultores en una zona estratégica del centro de Italia, sobre una serie de colinas que ofrecían buena defensa natural y control sobre un vado importante del río Tíber.

Durante sus primeros siglos, Roma estuvo gobernada por reyes, varios de ellos de origen etrusco, un pueblo vecino más avanzado culturalmente que dominaba buena parte del centro de Italia en esa época. Uno de esos reyes se llamaba Servio Tulio. Dejó una marca institucional duradera. Organizó a la población romana en clases según su riqueza. Ese sistema servía para fines militares y también para el reparto de impuestos y derechos políticos. Sobrevivió, con modificaciones, durante toda la época republicana. Servio Tulio también mandó construir la primera gran muralla defensiva alrededor de la ciudad. Fue asesinado por su propio yerno. Tarquinio el Soberbio usurpó el trono y se convirtió en el último rey de Roma.

En el año 509 antes de Cristo, según la tradición romana, los propios ciudadanos expulsaron a Tarquinio el Soberbio. Fundaron entonces un nuevo sistema de gobierno que rechazaba explícitamente la idea de un monarca único: la república.

El sistema republicano romano repartía el poder entre varias instituciones que se controlaban mutuamente. Dos cónsules, elegidos cada año, ejercían el poder ejecutivo máximo, pero cada uno podía vetar las decisiones del otro. El Senado, formado por antiguos magistrados y miembros de las familias más prominentes, asesoraba y en la práctica dirigía buena parte de la política del Estado. Existían también asambleas populares donde los ciudadanos comunes podían votar leyes y elegir a otros funcionarios. Ese sistema, con todas sus limitaciones y desigualdades internas, influiría siglos después en el diseño de repúblicas modernas mucho más allá de Italia.

Durante los primeros siglos de la república, Roma libró guerras casi constantes contra sus vecinos itálicos: los samnitas, los etruscos, distintas ciudades griegas del sur de Italia y varios pueblos latinos cercanos. Roma no siempre ganaba con facilidad, pero tenía una ventaja estratégica que terminaría resultando decisiva: cada vez que sometía a un pueblo vecino, no se limitaba a saquearlo. Le ofrecía alianzas, tratados y en muchos casos hasta la ciudadanía romana parcial o completa. Esa política, mucho más inclusiva que la de casi cualquier otra potencia antigua, le permitió a Roma sumar soldados y recursos de cada territorio conquistado, en lugar de generar enemigos permanentes a sus espaldas.


Las guerras púnicas y el control del Mediterráneo occidental

Hacia mediados del siglo tres antes de Cristo, Roma ya controlaba toda la península itálica. Su siguiente gran rival fue Cartago, una poderosa ciudad comercial situada en el norte de África, en lo que hoy es Túnez, con un imperio marítimo extendido por el Mediterráneo occidental. El choque entre ambas potencias se conoce como las guerras púnicas, llamadas así porque los romanos llamaban púnicos a los cartagineses, descendientes de colonos fenicios.

La primera guerra púnica, entre 264 y 241 antes de Cristo, se peleó principalmente por el control de Sicilia y terminó con victoria romana, que obligó a Cartago a ceder la isla y pagar una indemnización enorme. La segunda guerra púnica, la más famosa de las tres, fue la que protagonizó Aníbal con su cruce de los Alpes y sus victorias devastadoras en territorio italiano. Roma estuvo, en algún momento de esa guerra, genuinamente al borde del colapso total. Sin embargo, logró sostener el esfuerzo bélico durante años, hasta que un general romano llamado Publio Cornelio Escipión llevó la guerra directamente a suelo africano, obligando a Aníbal a volver a defender Cartago. Escipión lo derrotó de manera definitiva en la batalla de Zama, en el año 202 antes de Cristo.

La tercera guerra púnica, mucho más breve y unilateral, terminó en el año 146 antes de Cristo con la destrucción casi total de la ciudad de Cartago por parte de las legiones romanas. Ese mismo año, de manera casi simultánea, Roma también destruyó la ciudad griega de Corinto, consolidando su control sobre Grecia. Con esas dos victorias, Roma se convirtió en la potencia dominante e indiscutida de todo el Mediterráneo occidental y buena parte del oriental.

La expansión romana continuó durante los siglos siguientes, incorporando Hispania, la Galia bajo el mando de Julio César, Egipto, buena parte de Asia Menor y regiones enteras del norte de África. Ese proceso de conquista trajo consigo una riqueza enorme para Roma, pero también generó tensiones sociales y políticas profundas dentro de la propia república, entre una aristocracia cada vez más rica gracias al botín de guerra y una masa creciente de ciudadanos empobrecidos que veían cómo sus pequeñas propiedades agrícolas quedaban aplastadas por la competencia de las grandes fincas trabajadas con mano de obra esclava.

Dos hermanos intentaron enfrentar esa crisis social por la vía política. Se llamaban Tiberio y Cayo Graco. Eran nietos del general que había derrotado a Aníbal en Zama. Tiberio Graco fue elegido tribuno de la plebe en el año 133 antes de Cristo. Propuso una ley de reforma agraria para repartir tierras públicas entre campesinos pobres. La aristocracia senatorial reaccionó con furia. Un grupo de senadores lo mató a golpes en pleno Foro, junto con varios de sus seguidores. Diez años después, Cayo Graco intentó una reforma todavía más ambiciosa. Era su hermano menor. Terminó también asesinado, en el año 121 antes de Cristo. Murió en medio de otro estallido de violencia política. La muerte de los hermanos Graco marcó un quiebre. A partir de ese momento, la violencia política se instaló como una herramienta habitual dentro de la vida pública romana.

De la crisis de la república al Imperio

Durante el último siglo antes de Cristo, la república romana atravesó una crisis política cada vez más violenta. Las tensiones sociales entre ricos y pobres, sumadas a la ambición personal de generales cada vez más poderosos al mando de ejércitos leales a ellos mismos antes que al Estado, desataron una serie de guerras civiles devastadoras. Figuras como Cayo Mario, Sila, Pompeyo y finalmente Julio César protagonizaron ese período convulsionado, cada uno acumulando un poder personal que la república clásica nunca había estado diseñada para tolerar.

En medio de esa misma crisis estalló también una rebelión de esclavos, la más grande que Roma había enfrentado nunca. La lideró un gladiador llamado Espartaco. Era de origen tracio. En el año 73 antes de Cristo, escapó de una escuela de gladiadores en Capua. Lo acompañó un grupo reducido de compañeros. Reunió con el tiempo un ejército de esclavos fugados que llegó a superar los setenta mil hombres. Durante casi dos años derrotó a varias legiones romanas enviadas a detenerlo. Finalmente fue vencido en el año 71 antes de Cristo por un ejército al mando de Marco Licinio Craso. Craso ordenó crucificar a seis mil prisioneros a lo largo de la vía Apia, como advertencia pública contra cualquier otro intento de rebelión. La historia de Espartaco inspiró siglos después películas como Espartaco, dirigida por Stanley Kubrick en 1960, y series de televisión mucho más recientes.

Julio César, tras conquistar la Galia entera en una campaña militar brillante y brutal, cruzó con su ejército el río Rubicón en el año 49 antes de Cristo, desafiando abiertamente la autoridad del Senado y desatando una nueva guerra civil. Ganó esa guerra y se convirtió en dictador con poderes casi absolutos. Un grupo de senadores, convencidos de que César pretendía coronarse rey y destruir definitivamente la república, lo asesinaron en el año 44 antes de Cristo, en pleno Senado, apuñalado varias veces por hombres que hasta entonces habían sido, muchos de ellos, sus propios aliados políticos.

El asesinato de César no restauró la república. Desató, en cambio, otra ronda de guerras civiles entre sus posibles herederos políticos. El ganador final fue Octavio, sobrino nieto y heredero adoptivo de César, que derrotó sucesivamente a los asesinos de su tío adoptivo y después a su antiguo aliado Marco Antonio, en la batalla naval de Actium, en el año 31 antes de Cristo. Marco Antonio y su aliada, la reina egipcia Cleopatra, se suicidaron poco después, ante la derrota militar definitiva.

En el año 27 antes de Cristo, Octavio recibió del Senado el título honorífico de Augusto, y se convirtió de manera efectiva en el primer emperador romano, aunque mantuvo cuidadosamente las formas y el vocabulario de la vieja república, presentándose apenas como el primer ciudadano entre iguales. Esa transición, hábilmente disimulada tras un lenguaje republicano tradicional, marcó el nacimiento formal del Imperio Romano. Augusto gobernó durante más de cuarenta años, y bajo su mandato Roma inauguró un período de estabilidad interna y expansión territorial conocido como la Pax Romana, que se extendería, con algunas interrupciones, durante los siguientes dos siglos.


Las instituciones que sostuvieron un imperio gigantesco

Mantener unido un territorio que llegó a extenderse desde Britania hasta Mesopotamia, y desde el norte de África hasta el río Rin, exigía instituciones y una infraestructura extraordinariamente sofisticadas para la época. Roma construyó una red de caminos que en su momento de mayor extensión superó los ochenta mil kilómetros, pensada originalmente para mover legiones con rapidez, pero que también facilitó de manera decisiva el comercio y las comunicaciones dentro de todo el imperio. Muchas rutas europeas modernas todavía siguen, en algunos tramos, el trazado original de esas calzadas romanas.

El derecho romano fue quizás el legado institucional más duradero de todos. A lo largo de los siglos, los romanos desarrollaron un sistema legal sofisticado que distinguía entre distintos tipos de propiedad, contratos, herencias y responsabilidades civiles, con jueces y procedimientos formales para resolver disputas. Ese cuerpo legal, compilado siglos después bajo el emperador bizantino Justiniano en un texto conocido como el Corpus Juris Civilis, se convirtió en la base directa del derecho civil de gran parte de Europa continental, y a través de la colonización europea, de buena parte del mundo moderno, incluida casi toda América Latina.

La ciudadanía romana también funcionó como una herramienta política e integradora extraordinaria. En el año 212 después de Cristo, el emperador Caracalla extendió la ciudadanía romana plena a prácticamente todos los habitantes libres del imperio, sin importar su origen étnico o su lugar de residencia dentro del territorio imperial, en una medida conocida como el Edicto de Caracalla. Esa decisión consolidó una identidad romana compartida que trascendía el origen geográfico o étnico de cada habitante, algo notablemente distinto de cómo funcionaban la mayoría de los imperios antiguos, mucho más rígidos en materia de jerarquías étnicas.

La ingeniería romana dejó también huellas físicas que todavía perduran. Los acueductos llevaban agua potable a las ciudades desde fuentes a veces ubicadas a decenas de kilómetros de distancia, usando apenas la gravedad y una precisión de cálculo notable para la época. Los romanos perfeccionaron además el uso del hormigón, un material que les permitió construir cúpulas, puentes y anfiteatros de una escala y una durabilidad asombrosas. El Panteón de Roma, con su cúpula de hormigón sin refuerzos metálicos, sigue en pie casi dos mil años después de su construcción, y todavía hoy es la cúpula de hormigón no armado más grande del mundo.

El imperio alcanzó su mayor extensión territorial bajo el emperador Trajano, hacia el año 117 después de Cristo. Trajano había nacido en Hispania, lejos de Roma. Hispania es la región que hoy conocemos como España. Fue el primer emperador nacido fuera de Italia. Bajo su mando, el territorio romano llegó a cubrir más de cinco millones de kilómetros cuadrados. Se extendía desde Britania hasta el golfo Pérsico. Después de Trajano, otros emperadores continuaron su legado durante casi un siglo de relativa estabilidad. Los historiadores bautizaron después ese período como la era de los cinco buenos emperadores. Marco Aurelio fue uno de ellos. Además de gobernar, escribió una serie de reflexiones filosóficas personales conocidas hoy como las Meditaciones, todavía leídas y citadas casi dos mil años después.

Un dato curioso para cerrar esta sección: la palabra salario viene del latín salarium, el pago que en algún momento recibían los soldados romanos, relacionado con la sal, un producto estratégico y valioso en la Antigüedad, usado para conservar alimentos. No está del todo claro si los soldados cobraban directamente en sal o si el término simplemente derivó de una asignación relacionada con su compra, pero la palabra sobrevivió dos mil años después en decenas de idiomas modernos, entre ellos el español, sin que casi nadie hoy conozca su origen exacto.


El legado que sigue vivo

El latín, el idioma de Roma, dio origen con el tiempo a las lenguas romances: el español, el italiano, el francés, el portugués, el rumano y varias lenguas regionales más. Cientos de millones de personas en el mundo actual hablan, sin saberlo del todo, una forma evolucionada del latín que se hablaba en las calles de Roma hace dos mil años. Incluso el inglés, que no es una lengua romance, tomó prestadas del latín una enorme cantidad de palabras técnicas, científicas y legales a lo largo de los siglos.

El sistema político romano también dejó una huella profunda en el diseño institucional moderno. Conceptos como el veto, que en latín significaba literalmente yo prohíbo y era la herramienta que usaban los cónsules o los tribunos de la plebe para bloquear decisiones de otros magistrados, siguen usándose hoy con el mismo nombre en constituciones de todo el mundo. La propia palabra república viene del latín res publica, que significa literalmente cosa pública, o asunto de todos, un concepto que los fundadores de Estados Unidos y de muchas otras repúblicas modernas invocaron explícitamente como inspiración directa al diseñar sus propios sistemas de gobierno.

La cultura popular sigue fascinada con Roma hasta el día de hoy. Series como Rome, producida por HBO y la BBC a mediados de la década de 2000, o películas como Gladiador, dirigida por Ridley Scott, siguen atrayendo audiencias masivas con relatos ambientados en el mundo romano. Incluso el fútbol y otros deportes de estadio moderno conservan, de manera indirecta, ecos de los espectáculos masivos que los romanos organizaban en anfiteatros como el Coliseo, capaz de albergar a decenas de miles de espectadores simultáneos para presenciar combates de gladiadores y otros espectáculos públicos financiados por el Estado o por políticos ambiciosos que buscaban ganar popularidad entre el pueblo.

El propio imperio, sin embargo, no fue eterno. Hacia el siglo tres después de Cristo, Roma empezó a sufrir crisis económicas, invasiones de pueblos vecinos y una inestabilidad política interna creciente, con emperadores que a menudo duraban apenas meses o años en el poder antes de ser asesinados por sus propias tropas. El emperador Diocleciano dividió formalmente el imperio en dos mitades administrativas hacia el año 285 después de Cristo, una decisión que buscaba hacer más manejable un territorio demasiado extenso para gobernarse desde un único centro de poder. Esa división se consolidó de manera definitiva en el año 395, con una mitad occidental centrada en Roma y una mitad oriental centrada en Constantinopla.

La mitad occidental del imperio, debilitada por crisis económicas persistentes y por presiones militares cada vez más difíciles de contener en sus fronteras, terminó cayendo en el año 476 después de Cristo, cuando un caudillo germánico llamado Odoacro depuso al último emperador romano de Occidente, un adolescente con el nombre irónicamente simbólico de Rómulo Augústulo, que combinaba los nombres del fundador legendario de Roma y de su primer emperador. La mitad oriental, que los historiadores conocen hoy como el Imperio Bizantino, sobrevivió casi mil años más, hasta la caída de Constantinopla en 1453.

Roma pasó, en total, de ser una aldea de pastores junto a un río a gobernar el mundo mediterráneo entero durante setecientos años como república e imperio combinados. Ninguna otra civilización antigua logró sostener un dominio territorial tan extenso durante tanto tiempo, ni dejar una huella institucional, lingüística y cultural tan profunda sobre el mundo que vino después. Cada vez que alguien firma un contrato, invoca un veto legislativo o simplemente habla en una lengua romance, está usando, sin saberlo casi siempre, una herramienta que Roma inventó o perfeccionó hace dos milenios.

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