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La Peste Negra
Episodio 42

La Peste Negra

Andres AguilarAndres Aguilar

La Peste Negra arrasó Europa entre 1347 y 1351. Recorremos su origen, su expansión, el miedo social y las consecuencias que transformaron la economía y la fe medieval.


En octubre de 1347, doce barcos genoveses entraron al puerto siciliano de Mesina. Venían del Mar Negro, huyendo de un asedio. La gente del puerto se acercó a mirar, como hacía siempre que llegaban naves de lejos. Lo que encontraron los dejó paralizados de horror. La mayoría de los marineros a bordo estaban muertos. Los pocos que seguían con vida apenas podían moverse, cubiertos de bultos negros y supurantes del tamaño de un huevo, con fiebre altísima y delirando. Las autoridades del puerto ordenaron expulsar de inmediato a esos barcos fantasma. Fue en vano. Para cuando los barcos volvieron a zarpar, ya habían dejado en tierra algo mucho más pequeño y mucho más letal que cualquier tripulante: pulgas infectadas con una bacteria que en apenas cuatro años mataría a un tercio de la población de Europa.

Nadie en Mesina podía imaginar en ese momento la magnitud de lo que estaba empezando. En menos de un lustro, esa enfermedad recorrería el continente entero, de Sicilia a Escocia, de Portugal a Rusia. Mataría, según las estimaciones más aceptadas, entre setenta y cinco y doscientos millones de personas en todo el mundo. Cambiaría para siempre la economía, la religión y la estructura social de Europa. La conocemos hoy con un nombre que en realidad nadie usó mientras ocurría: la Peste Negra.


Un enemigo microscópico con un pasado antiguo

La enfermedad detrás de la Peste Negra es causada por una bacteria llamada Yersinia pestis. Ese nombre lo recibió recién en 1894, cuando el científico suizo-francés Alexandre Yersin logró identificarla durante un brote de peste en Hong Kong. Durante los seiscientos años anteriores, nadie en Europa supo con precisión qué provocaba esa enfermedad. Los médicos medievales tenían teorías variadas y en su mayoría equivocadas. Algunos culpaban a un desequilibrio de los humores corporales. Otros culpaban al llamado miasma, un aire corrompido y venenoso que, según creían, se filtraba desde pantanos o desde cadáveres en descomposición.

La bacteria en realidad vivía naturalmente en pulgas que a su vez infestaban a roedores, sobre todo ratas. Cuando la rata infectada moría, la pulga buscaba un nuevo huésped. A veces ese huésped era un ser humano. La pulga transmitía la bacteria al morder, y el sistema linfático de la persona infectada reaccionaba formando los bultos característicos, llamados bubones, que le dieron nombre a la forma más común de la enfermedad: la peste bubónica. Existían también formas más letales todavía. La peste neumónica atacaba directamente los pulmones y se contagiaba de persona a persona por el aire, sin necesidad de pulgas ni ratas. La peste septicémica infectaba la sangre y mataba en cuestión de horas.

La Peste Negra no fue la primera gran epidemia de peste en la historia. Ya en el siglo sexto, el Imperio Bizantino había sufrido un brote devastador durante el reinado del emperador Justiniano, que debilitó seriamente sus intentos de reconquistar el antiguo territorio romano de Occidente. Pero la epidemia de 1347 tuvo un alcance geográfico y una velocidad de propagación sin precedentes hasta ese momento.

El origen más aceptado por los historiadores ubica el brote inicial en las estepas de Asia Central, probablemente entre poblaciones de roedores salvajes de la región. Desde ahí, la enfermedad viajó hacia el oeste siguiendo las rutas comerciales de la Ruta de la Seda, que en ese momento conectaban China con el Mediterráneo bajo la relativa seguridad que ofrecía el dominio mongol sobre buena parte de Asia. Las mismas caravanas que llevaban seda, especias y porcelana también llevaban, sin saberlo, ratas infectadas y las pulgas que transportaban.


El asedio que aceleró el desastre

Existe un episodio particularmente macabro que muchos historiadores señalan como el puente directo entre la epidemia asiática y la europea. En 1346, un ejército mongol sitiaba la ciudad comercial de Caffa, en la actual Crimea, un importante puesto comercial genovés en el Mar Negro. Las tropas mongolas empezaron a sufrir bajas masivas por la peste durante el asedio. Según el relato de un notario italiano de la época, los mongoles decidieron catapultar los cadáveres de sus propios soldados infectados por encima de las murallas de la ciudad sitiada, en lo que muchos consideran uno de los primeros casos documentados de guerra biológica de la historia.

Los mercaderes genoveses atrapados en Caffa terminaron huyendo de la ciudad por mar, aterrorizados, sin saber que llevaban consigo el mismo mal que habían visto devastar a sus sitiadores. Esos barcos llegaron a Constantinopla, después a Mesina y a otros puertos mediterráneos, esparciendo la infección en cada escala. La velocidad de propagación resultó devastadora precisamente porque el comercio marítimo medieval era mucho más rápido y eficiente que cualquier otro medio de contagio terrestre disponible en la época.

Desde Sicilia, la peste se extendió con rapidez hacia el norte de Italia, uno de los territorios más urbanizados y comercialmente activos de toda Europa. Génova, Venecia, Pisa y Florencia sufrieron mortandades devastadoras durante 1348. El escritor florentino Giovanni Boccaccio, testigo directo de la epidemia en su propia ciudad, describió escenas de una crudeza extrema: cadáveres abandonados en las calles, familias enteras que se negaban a atender a sus propios parientes enfermos por miedo al contagio, y una desintegración casi total de las normas sociales habituales frente al horror cotidiano de la muerte masiva. Boccaccio usó esa misma epidemia como marco narrativo para su obra más célebre, el Decamerón, un libro de cuentos narrados por un grupo de jóvenes florentinos que se refugian en el campo para escapar de la plaga.

Desde Italia, la enfermedad avanzó hacia Francia, España y el resto de Europa occidental durante 1348 y 1349. Llegó a Inglaterra hacia mediados de 1348 y de ahí saltó a Escocia e Irlanda. Los países escandinavos y buena parte de Europa oriental fueron alcanzados un poco más tarde, hacia 1350 y 1351. Prácticamente ningún rincón del continente escapó por completo a su paso, salvo algunas zonas remotas o aisladas geográficamente, como partes de Polonia.

Un continente devastado

Las cifras de mortalidad de la Peste Negra resultan difíciles de imaginar incluso hoy. Los historiadores estiman que Europa perdió entre un tercio y hasta la mitad de toda su población entre 1347 y 1351. En algunas ciudades particularmente densas y comercialmente activas, la mortalidad llegó a superar el sesenta por ciento de los habitantes. Pueblos enteros quedaron completamente despoblados, sus casas y campos abandonados durante generaciones. La tasa de mortalidad tan extrema se explicaba en parte por la falta total de comprensión médica sobre cómo se transmitía la enfermedad, y en parte por las condiciones de hacinamiento y falta de higiene típicas de las ciudades medievales.

Frente a un horror de esa magnitud, sin ninguna explicación médica satisfactoria disponible, buena parte de la sociedad medieval buscó explicaciones religiosas o buscó culpables a quienes castigar. Surgieron movimientos de flagelantes, grupos de personas que recorrían pueblos y ciudades golpeándose públicamente la espalda con látigos, convencidos de que el sufrimiento colectivo podía aplacar la ira divina que, según creían, había desatado la plaga como castigo por los pecados de la humanidad.

La consecuencia más trágica de esa búsqueda de culpables fue la persecución brutal de comunidades judías en distintas regiones de Europa. Circularon rumores infundados que acusaban a los judíos de envenenar deliberadamente los pozos de agua para propagar la enfermedad. Esos rumores desataron pogromos violentos en ciudades de Alemania, Francia y otras regiones, con matanzas masivas de comunidades judías enteras. El propio papa Clemente Sexto emitió en 1348 varias bulas papales condenando explícitamente esas persecuciones, y señalando que los judíos morían de la peste exactamente igual que los cristianos, una evidencia clara de que no podían ser los responsables de propagarla. Esas bulas tuvieron un efecto limitado frente al pánico y la violencia ya desatados.

La epidemia también golpeó con particular dureza a la Iglesia católica como institución. Los sacerdotes y monjes, que por su función debían atender a los moribundos y administrar los últimos sacramentos, se contagiaban y morían en proporciones altísimas, a veces más altas que las del resto de la población. Esa mortandad generó una crisis de fe y de autoridad eclesiástica considerable, porque muchos fieles no lograban entender por qué Dios permitía que sus propios representantes murieran de esa manera, ni por qué las oraciones colectivas no lograban detener el avance de la plaga.


El fin parcial del feudalismo

Más allá del horror inmediato, la Peste Negra terminó transformando de manera profunda y duradera la estructura económica y social de Europa. El sistema feudal que había organizado la sociedad medieval durante siglos dependía de una enorme cantidad de campesinos, atados legalmente a la tierra de un señor, trabajando a cambio de protección y de un pedazo mínimo de tierra propia para subsistir. Ese sistema descansaba, en última instancia, en un exceso de mano de obra disponible, lo que mantenía artificialmente bajos los salarios y el poder de negociación de los campesinos.

La muerte de un tercio de la población europea rompió de golpe ese equilibrio. De repente, la mano de obra disponible escaseaba de manera dramática, justo cuando los campos seguían necesitando trabajarse y las ciudades seguían necesitando artesanos y comerciantes. Los campesinos y trabajadores sobrevivientes descubrieron, muchos por primera vez en generaciones, que tenían poder real de negociación frente a sus señores feudales. Podían exigir salarios más altos, mejores condiciones, o directamente abandonar las tierras de un señor abusivo para trabajar para otro que ofreciera mejores términos.

Los gobiernos y las clases nobiliarias intentaron frenar ese cambio con medidas legales represivas. En Inglaterra, el rey Eduardo Tercero promulgó en 1351 el Estatuto de los Trabajadores, una ley que intentaba fijar por decreto los salarios en los niveles previos a la epidemia, y que prohibía a los trabajadores exigir pagos mayores o abandonar a sus empleadores sin autorización. La ley resultó prácticamente imposible de aplicar en la práctica, frente a una escasez de mano de obra tan extrema y generalizada. Los salarios reales de los trabajadores europeos subieron de manera sostenida durante las décadas posteriores a la peste, en algunos casos duplicándose o hasta triplicándose respecto de los niveles anteriores a 1347.

Esa tensión social terminó estallando en revueltas populares en distintas partes de Europa. La más famosa fue la Revuelta de los Campesinos ingleses de 1381, encabezada por Wat Tyler, que llegó a tomar temporalmente el control de buena parte de Londres antes de ser sofocada con violencia por la corona. Aunque la revuelta fracasó en sus objetivos políticos inmediatos, formó parte de un proceso más amplio y ya imparable de erosión gradual del sistema feudal clásico en toda Europa occidental, que se extendería durante los siglos siguientes hasta su desaparición casi completa.

Francia vivió una revuelta parecida unos años antes, en 1358, conocida como la Jacquerie. Campesinos del norte del país se levantaron en armas contra la nobleza, hartos de los impuestos de guerra y del maltrato señorial que seguía imponiéndose pese a la escasez de mano de obra posterior a la peste. La represión nobiliaria fue extremadamente violenta, y la revuelta terminó aplastada en apenas unas semanas. Sin embargo, ese mismo patrón se repetiría una y otra vez durante los siglos siguientes, en distintos puntos de Europa occidental, cada vez que los señores feudales intentaban forzar de nuevo condiciones anteriores a la peste. Con el tiempo, esas condiciones anteriores resultaron imposibles de restaurar por completo.

Curiosamente, ese proceso de debilitamiento del feudalismo no fue parejo en todo el continente. Mientras Europa occidental avanzaba hacia relaciones laborales más libres y salarios más altos, buena parte de Europa oriental transitó el camino inverso durante los siglos siguientes. Los nobles de regiones como Polonia, Rusia o Hungría lograron, con el tiempo, imponer un sistema conocido por los historiadores como la segunda servidumbre, que ató a los campesinos a la tierra con una rigidez todavía mayor que antes de la epidemia. Esa divergencia económica entre el este y el oeste del continente, nacida en parte de las distintas respuestas a la crisis demográfica de la peste, dejó consecuencias que todavía hoy los historiadores consideran relevantes para entender las diferencias de desarrollo entre ambas regiones.


Un dato curioso que sigue vivo en el idioma

Vale la pena detenerse en una palabra que usamos todavía hoy y que nació directamente de esta epidemia: cuarentena. La ciudad-puerto de Ragusa, la actual Dubrovnik, en el mar Adriático, fue una de las primeras en implementar en 1377 una medida sanitaria pionera. Obligaba a los barcos que llegaban de zonas con peste a permanecer fondeados y aislados durante un período de treinta días antes de permitir el desembarco de tripulantes o mercancías. Poco después, Venecia adoptó una medida similar, pero extendió el período de aislamiento a cuarenta días. En italiano, cuarenta se dice quaranta, y de ahí surgió la palabra quarantena, que terminó dando origen a la palabra cuarentena que usamos hasta el día de hoy en español, y a sus equivalentes en la mayoría de los idiomas europeos.

Otra huella curiosa de esos años sobrevive en una imagen que todavía hoy asociamos automáticamente con la peste: la máscara con pico largo de los médicos. Esa vestimenta en realidad se popularizó recién en el siglo diecisiete, varias décadas después de la Peste Negra original, durante brotes posteriores de la enfermedad. El médico francés Charles de Lorme diseñó ese traje completo, con una capa de cuero encerado y una máscara con un pico relleno de hierbas aromáticas y especias. La idea, basada en la teoría del miasma, era que esas hierbas filtraran el aire supuestamente venenoso antes de que llegara a los pulmones del médico. No prevenía el contagio real, pero se transformó con el tiempo en la imagen más reconocible de la peste en la cultura popular, presente todavía hoy en máscaras de carnaval veneciano y en videojuegos, películas y series ambientadas en la Edad Media.

La cultura popular también conserva huellas curiosas de aquellos años de terror. Existe la creencia popular de que la conocida canción infantil inglesa Ring a Ring o' Roses hace referencia velada a los síntomas de la peste. Aunque los historiadores del folclore consideran hoy que esa conexión es un mito posterior sin base histórica sólida, la teoría sigue circulando ampliamente en la cultura popular. El cine también volvió muchas veces sobre esta época. La película sueca El séptimo sello, dirigida por Ingmar Bergman en 1957, es hoy un clásico absoluto que retrata a un caballero medieval jugando literalmente una partida de ajedrez contra la Muerte durante los años de la peste, en una de las imágenes más citadas de toda la historia del cine.


Un mundo que ya no volvería a ser el mismo

La obsesión colectiva con la muerte repentina también dejó una marca profunda en el arte europeo de esas décadas. Surgió un género pictórico conocido como la Danza de la Muerte, que representaba esqueletos danzando junto a personas de todas las clases sociales, desde reyes y obispos hasta campesinos y niños, como recordatorio visual de que la muerte no distinguía rango ni riqueza. Esas imágenes se pintaron en los muros de cementerios e iglesias de toda Europa, y todavía pueden verse ejemplos conservados en distintas ciudades del continente.

La Peste Negra tampoco desapareció después de aquel primer brote devastador entre 1347 y 1351. La enfermedad siguió reapareciendo en oleadas periódicas durante los siglos siguientes, aunque nunca con la misma virulencia inicial. Europa sufrió brotes recurrentes de peste hasta bien entrado el siglo dieciocho, incluyendo la tristemente célebre Gran Plaga de Londres de 1665, que mató a decenas de miles de personas en la capital inglesa apenas un año antes del Gran Incendio que arrasó buena parte de la ciudad.

Más allá de la tragedia demográfica inmediata, la Peste Negra aceleró de manera indirecta algunos de los cambios que terminarían definiendo a la Europa moderna. La crisis del sistema feudal favoreció el fortalecimiento de las ciudades y de una incipiente clase mercantil y artesanal, con más movilidad social que antes. La escasez de mano de obra impulsó también la búsqueda de innovaciones técnicas y agrícolas que permitieran producir más con menos trabajadores disponibles. Algunos historiadores incluso señalan a la crisis demográfica y social provocada por la peste como uno de los factores de fondo que, generaciones después, contribuyeron a crear las condiciones para el Renacimiento italiano.

Hoy sabemos, gracias a los avances de la medicina moderna, exactamente qué causó aquella catástrofe y cómo tratarla. La peste todavía existe en focos aislados en distintas partes del mundo, pero resulta perfectamente tratable con antibióticos modernos cuando se detecta a tiempo. Resulta casi imposible, sin embargo, dimensionar del todo lo que significó enfrentar una mortandad de esa escala sin la más mínima comprensión de su causa real, armados apenas con oraciones, máscaras de pico rellenas de hierbas aromáticas y el convencimiento de que el fin del mundo, literalmente, había llegado.

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